Pasa el tiempo y casi nunca las cosas acaban siendo como hemos deseado durante mucho tiempo. Todos deseamos algo y en base a ello desarrollamos una sucesión de acontecimientos que acaban dando forma a nuestro deseo. Lo visten, le lavan los dientes y lo perfuman, dejándolo preparado para que juguemos con él en nuestra mente, alimentando la esperanza de que algún día trascienda la fantasía para asentarse en nuestra vida y quedarse para siempre.
Suele suceder que nuestros deseos van cambiando a lo largo de nuestra vida. Lo que es sumamente ansiado en un momento dado, algo tan deseado que ya ha pasado a formar parte de nosotros mismos y que nos caracterizaría tan bien como un rasgo de nuestra personalidad, se transforma o directamente desaparece sin dejar apenas un pequeño sendero de recuerdos inventados, recuerdos que rememoras años después y que te hacen sonreir al pensar en lo infantil de su naturaleza, y por tanto, de la tuya propia.
Me sorprendo mirándole a los ojos sin sentir esa sensación tan única y distintiva. Ese titubeo al hablar, ese miedo a la proximidad, ese nerviosismo eléctrico del contacto se han sustituido por risas compartidas y abrazos de reencuentro.
Siempre será importante, ya que lo ha sido desde siempre, pero el deseo se ha transformado y los ojos que miran no son los mismos. Ya sólo quedan los recuerdos de Walt Disney que solía inventar y con los que jugaba por las noches antes de dormirme.
De ahí que ya no me brillen los ojos como en aquella foto.
"DÉJAME QUE TE CUENTE" SE ACERCA AL FERNANDO DE ROJAS
Hace 2 semanas
